Los corazones panameños no conocen el miedo
Sábado, 24 de Junio de 2006 por Tato
La Junta Asesora del Canal de Panamá está integrada por académicos y líderes destacados de la industria marítima mundial, que ponen su experiencia al servicio del Canal de Panamá, sin cobrar salarios ni dietas. Lo hacen por un interés comercial: el Canal les sirve para sus propósitos de negocio, de los cuales el más importante es ampliar sus fronteras mercantiles.
Siendo así, Panamá debería sospechar que este interés pone por delante las exigencias y prioridades de sus fines de lucro, sin pensar en nuestro país. Es la ecuación insensible del mundo de los negocios.
Hilando muy fino, cuando un magnate de estos viene a Panamá a hablar con un funcionario de la ACP, debe tragar grueso, sabiendo que se sienta ante un panameño que gana centenas de veces menos que él, y que debe ponerle los puntos sobre las íes a una relación que siempre fue injusta. Durante la gestión norteamericana, sin fines de lucro, el peaje se cobró probablemente hasta 10 veces por debajo de su valor real, permitiéndole a las navieras, al comercio y a la industria en general, alcanzar cuantiosas ganancias a costa de la ruta. Sus recientes aumentos han sido para la industria marítima un exabrupto de la nueva gestión del Canal bajo mando panameño, pero dichos aumentos de peajes bien valían la pena por la conectividad de la ruta, sumada al nivel de excelencia del servicio, la seguridad que brindaba la nueva administración y los colchones de precios que dejó la pasada administración norteamericana.
Cuando los estudios internacionales y nacionales indicaron la necesidad de ampliar el Canal, la industria marítima volvió a tragar grueso. Bajo una administración panameña decidida a sostener la competitividad de la ruta, los navieros sintieron que un universo de posibilidades se abría para ampliar ellos también sus negocios. Pero en el suelo canalero se había desarrollado una visión revolucionaria sobre su patrimonio más importante, y acaudillados por el clamor creciente de la historia reivindicativa, los panameños pusieron sus condiciones: la ampliación debe ser pagada por sus usuarios, bandera inconcebible para cualquier empresario que exige que los riesgos de un negocio los debe asumir su propietario.
En cualquier otro negocio el impasse pudo ser eterno; en la industria del transporte marítimo, donde “barco parado no gana flete”, los navieros, con esa intuición propia de los hombres de negocios exitosos, aceptaron aumentos correlacionados con la evolución de la ruta, en una ecuación donde el nuevo concepto de las relaciones lucrativas, bajo la máxima ganar-ganar, impone cumplimientos que se reflejen en el desarrollo social.
Al final, en la pirámide que representa el complejo trinomio de la producción-distribución-consumo, los 3 mil millones de habitantes que se benefician de la ruta interoceánica terminarán pagando la ampliación, porque esos 5 mil 250 millones se dividirán entre todos, y para que tengamos una idea, el próximo par de zapatillas que compre alguno de ellos costará $59.90, en lugar de los $59.85 que cuesta con el Canal sin ampliar.
El peaje canalero es una porción minúscula en el costo final de cualquier artículo, comparado con la extracción de la materia prima, su costo, la manufactura, los días de navegación en mar abierto, los seguros, los trasbordos, su comercialización y la utilidad final.
La sinergia planetaria se compone hoy de múltiples factores en la aldea global. Para que funcione, también es necesario que se realice una obra como la ampliación, porque ella producirá el empleo para pagar la diferencia en el par de zapatillas, pero además creará miles de empleos y producirá suficiente para la educación de todos los panameños, prioridad del desarrollo, si no nos embelesamos en la esterilidad de un sí o un no, y miramos de qué manera nos imponemos la disciplina necesaria para pensar en nuestro despegue social y crecimiento humano.
Ampliar no es el dilema, porque la obra es una consecuencia lógica de la ruta en evolución. La inocencia y la ignorancia podrían entretenernos una vez más en el espejismo de un referendo, para que termináramos con nuestras narices enterradas en la arena, ya fuera que votáramos sí o no. Más adelante, en forma de Plan Nacional de Desarrollo, está el oasis.
La ampliación es una obra simple, a la que algunos panameños con sus corazones llenos de miedos y vacíos de esperanza le han dado un toque misterioso, porque la gente que no cree en nada, tiene miedo de todo.
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