AMPLIACIÓN DEL CANAL. La patología del ‘No’
Miércoles, 2 de Agosto de 2006 por Tato
La incertidumbre, el orgullo y la cobardía pueden esconderse detrás de la negación. Algún “No” es una expresión táctica del miedo; un sentimiento que debería ser visto como una alarma emocional, pero que a veces se transforma en una sensación que incluso puede lograr, cuando el negador tiene atributos de liderazgo, enajenar a la sociedad con las ataduras de la soberbia personal de quien lo expresa.
El negador no necesariamente entiende los sentimientos de agrupación, y su negación es generalmente un signo de sus miedos, por su incapacidad de apostar al futuro por una causa común, sobre todo si él no es el proponente. El miedo puede ser signo de vacío interior, pero puede ser tan grande, que llene el corazón del negador, desplazando la esperanza.
Podemos distinguir dos tipos de negadores: uno patológico, difícil de rescatar, usualmente con tristes decepciones y fracasos, negador psíquico, que incluso le imputa su actitud a la sociedad y a las personas que, paradójicamente, lo aman; y otro el negador social, producto del déficit político, económico y hasta religioso. El negador social tiene esperanza en el cambio, no se deja arrastrar por el negador patológico y posibilita el crecimiento humano a través de su optimismo. El peligro de que lo perdamos como un aliado para el desarrollo radica en la actitud de los líderes, de posponer el cambio ad aeternum.
El negador patológico pareciera no haber desarrollado las virtudes del homo pictor, ese ser capaz de entender el propósito de su reflejo en la superficie apacible de un lago y reconocerse uno más entre los demás. Al contrario, tiende a encerrarse en sus “irracionales” razones, nacidas de sus miedos históricos, como el niño al que no se le alienta la imaginación y se le queda paralizada por los terrores de su infancia: la mano peluda, el monstruo debajo de la cama, o la oscuridad del armario y el cuarto. Allí donde su razón no puede llegar, este negador construye verdades parcas, limitadas por su propia incapacidad.
En otro lado, el negador social, hombre azotado por la constante social del acecho de los políticos, se yergue capaz de afrontar las amenazas de ese desaliento con valentía, y a pesar del miedo, afronta y vence las situaciones que le impiden crecer.
Las perspectivas del hombre víctima de la enfermedad de negarlo todo, el llamado popularmente “Doctor No” -un mote callejero para aquel que se opone a todo, menos a lo que él asevere como verdadero- no se abren porque teme que la verdad social lo despoje de sus ascendencias. Sufre el Síndrome de Zaius, aquel orangután del Planeta de los Simios, que sabía la verdad sobre el origen de los visitantes humanos, pero temía que el reconocimiento de ella desatara cambios que él no pudiese controlar, y perdiera su pequeña cuota de poder. El negador patológico prefiere sacrificar a todos para sostenerse como salvador; y como sabe que vivirá el promedio de vida, espera morir teniendo razón. Si su opinión como única verdad no impera hoy, siempre dirá que la realidad del mañana lo absolverá, porque además, es apocalíptico. Al fin y al cabo, la humanidad cree en El Juicio Final. ¡Cómo me gustaría que viviéramos el número de años que nos permitiera ver el resultado de nuestra responsabilidad, o el fracaso de nuestras temeridades!
La historia nos ha enseñado a los panameños, sin embargo, y a pesar de los negadores, a mirar el futuro como pesimistas teóricos y a vivir como optimistas prácticos, según afirmaba Schopenhauer. Conociendo que todo es empeorable en manos de los políticos, aspiramos a la ausencia de sufrimiento y vemos el mañana con esperanzas. El optimista práctico vive pensando que sus capacidades pueden cambiar las cosas, aunque esta esperanza sea calificada de atávica. A diferencia del negador, entrega todo porque su satisfacción más grande es saberse solidario y vendedor de felicidad, aunque él nunca llegue a conocerla.
Los optimistas sabemos que la esperanza nos viene dada precisamente por la magnitud de las negaciones de los desesperanzados. El pesimista siempre encontrará razones para no creer; cuanto más grande su incredulidad, más nos evidencia las diferencias constructivas de nuestra actitud, porque el pesimismo es metafísico, y el optimismo es práctico.
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